sábado, 29 de marzo de 2014
El féretro albo de Rufo "seideos"
El día que finalmente se hundió la cúpula de la Ermita del Santo Cristo de Talaván mientras el cortejo fúnebre conducía el pequeño cadaver de Rufo "seisdeos", los ángeles malos escaparon revoloteando. Pero antes de ascender definitivamente obraron el milagro: restañaron el corazón de Rufo y este volvió a la vida ante los ojos del pueblo.
El pequeño féretro albo asomó trastabillando por la puerta norte de la iglesia parroquial sujetado por varios angelotes tristes, compañeros de juegos y pizarra de Rufo “seisdeos”, que lo subieron de nuevo al coche fúnebre para su último viaje. Un fino orvallo flotaba ingrávido sobre el valle que se extendía verduzco a los pies de la iglesia en aquella mañana gélida, tan del gusto de la parca cuando implacable y enjuta, suele ajustar cuentas por las aldeas.
Un fino orvallo flotaba ingrávido sobre el valle que se extendía verduzco a los pies de la iglesia en aquella mañana gélida, tan del gusto de la parca cuando implacable y enjuta, suele ajustar cuentas por las aldeas.
Fueron pocos años, pero muchas risas, juegos e inocencia. Nada pudo hacer don Alfonso, su ciencia y su fonendo, ante aquel corazón pequeño que se quebró una noche fosca de llanto y amargura. Rufo “seisdeos” siempre fue un niño triste, como si arrastrase desde nacimiento su destino pesado y breve. Pero era una tristeza juguetona y risueña la suya, hasta el último segundo de su vida en que sus ojos quedaron inmóviles y muy abiertos en una mueca de incomprensión ante las cosas de este mundo raro que, definitivamente, no parecía ser el suyo.
Eulogio "el Perla" encabezaba el cortejo abrazado con reverencia al báculo de la Santa Cruz, precediendo a un sacerdote encapado y circunspecto, seguido por una muchedumbre que enfilaba en manso desorden la calleja del cementerio.
Pasos lentos, ropa negra, oscuros paraguas bajo el cielo de plomo llovedizo envolvían los gritos de la madre -guturales, de otro mundo- en la cabecera cerca del albo féretro. Un tenue murmullo remataba el ambiente por el camino del cementerio nuevo, a la vera del Tajo.
Encinas, olivos, praderas y lejanas casas de labranza aparecían delebles como una acuarela deslucida por doseles de agua que, como la misma muerte, flotaban sobre el campo hasta perderse en la bruma del horizonte.
Cuando, a la diestra del cortejo iba quedando silencioso el Cementerio Viejo, viniéronme los ángeles retratados en su cúpula al pensamiento. Sentí la presencia humilde de la vieja capilla semiderruida, de sus muros añosos de pizarra. Conjeturé con dolor añadido la descomposición de la cúpula interior. Imaginé las grietas abriéndose paso entre el verdín y las cuencas vanas de los ojos, los colmillos lobunos, de los ángeles malos.
Y justo entonces empezó todo. Tembló la tierra con estrépito como si una manada de bestias salvajes trotasen los campos. Todos vimos cómo con gran majestad se hundía para siempre la cúpula trastejada del viejo santuario, y cómo de su ruina surgía aquella inmensa columna de polvo rizado en mil cabriolas que ascendía a gran altura.
Vimos boquiabiertos el desmorone y vimos, -tienen que creerme- cómo de aquella tolvanera emergieron fugaces aletazos de seres extraños, como hechos de polvo, bigotudos unos, tocados otros, los más con ridículos sombreros borlados.

Todos revoloteaban regresados a la vida, ceñudos, describiendo acrobacias y molinetes sobre la muchedumbre.
Y era sobrecogedor el bufido de sus alas batientes, poderosas, recortándose blancas sobre el cielo encapotado, a veces con vehemencia, exhibiendo sus dientes puntiagudos, bufando, aullando sobre nuestras cabezas.
Poco a poco se tranquilizaron y fueron descendiendo, posándose en el camino. Los vimos entonces de pié ante el coche fúnebre que se vio obligado a detenerse.
Todo el mundo se había quedado absorto ante la cercanía de aquellos seres inexpresivos que sobrepasaban la veintena. En medio de un sepulcral silencio, el que parecía llevar la iniciativa, abrió el portón trasero del coche y accedió al pequeño féretro albo. La llovizna calaba las almas.
Al cabo salió con el pequeño muerto en brazos. La cabecita de Rufo colgaba inerte bajo la lluvia entre los brazos del alado que permaneció majestuoso e inmóvil en medio del camino sujetando el pequeño cadáver.
Reparamos en su rostro lívido, en sus dientes como puntas que sobresalían de entre sus labios, en su mirada oscura e inerte, en su escarcela borlada de rafia. Todos vimos cómo lo abrazaba con fuerza y cómo su gesto de ser de otro mundo emanaba una rotunda humanidad.
Los ángeles no tienen sexo, -pensé- no parecen sentir, no hablan, pero rezan. Miró al cielo desde sus ojos vacíos, sin expresión, con sus alas poderosas desplegadas, con el pequeño cadáver en sus brazos bajo la lluvia. Solo el orvallo y la nada. Al cabo, Rufo abrió los ojos y miró primero a aquel ser cetrino que lo sostenía y luego a los presentes con su habitual tristeza recobrada. El ángel lo depositó delicadamente sobre sus pies en el suelo. De inmediato, todos los ángeles al unísono, como una bandada de estorninos gigantes reemprendieron un ruidoso y caótico batir de alas mientras iban elevándose sin dejar de mirarnos con aquella ausencia absoluta de expresión.
Allí quedó el coche negro con su portón trasero abierto. Nadie se atrevió durante algún tiempo a mover
un músculo en medio de la lluvia que arreciaba. Solo se escuchaba
el aleteo poderoso y lejano de los ángeles malos que se perdían entre nubarrones oscuros, cada vez
más y más altos. Pensé que desde arriba nos verían insignificantes. Pequeño el
valle del Tajo, pequeño el pueblo, apenas una raya el camino del cementerio, como pequeñas serían las historias de cada uno, aunque sustancial la estulticia humana que de pronto
se nos hizo visible en todo su esplendor.
Los ángeles desaparecieron finalmente entre nubes de plomo mientras la llovizna anegaba los
campos sofocando el polverío de las ruinas de la vieja ermita, y Rufo se perdía ya corriendo con sus amigos, por la calleja del Garrón.
Esta historia, no ha ocurrido
aun, pero tengo para mí que ocurrirá en breve, aunque sin Rufo “seisdedos”.
Cáceres, 28 de marzo de 2014.
José Muñoz González.
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