SANDALIO, EL GASQUEÑO.
(Historia de ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)
Viaje a El Gasco, sábado, 17 de septiembre de 2016.
La Pesga celebra hoy su concurrido mercadillo sabatino. Los bancos de la plaza que miran a los puestos, están atiborrados de hombres mayores sentados -pelo canoso y la garrota entre las manos-, sin perder ripio del acontecimiento. Más allá de La Pesga, camino de Nuñomoral y sus alquerías, se atraviesan campos de olivos, hasta llegar a Vegas de Coria. Pasado Nuñomoral, rl viajero atravesará los tranquilos lugares de Martilandrán, Fragosa y llegará al cabo a El Gasco, final del viaje y de la propia carretera.
(Historia de ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)
Viaje a El Gasco, sábado, 17 de septiembre de 2016.
La Pesga celebra hoy su concurrido mercadillo sabatino. Los bancos de la plaza que miran a los puestos, están atiborrados de hombres mayores sentados -pelo canoso y la garrota entre las manos-, sin perder ripio del acontecimiento. Más allá de La Pesga, camino de Nuñomoral y sus alquerías, se atraviesan campos de olivos, hasta llegar a Vegas de Coria. Pasado Nuñomoral, rl viajero atravesará los tranquilos lugares de Martilandrán, Fragosa y llegará al cabo a El Gasco, final del viaje y de la propia carretera.
Pocas veces un viajero llega hasta donde muere una carretera, pues parece que todas son infinitas desembocando unas en otras, pero este es un caso especial. Aquí muere esta y, más allá, solo hay montes y frondas hurdanas. Uno comprende que ha de volver forzosamente por donde vino. Y es que quien hasta aquí llega lo hace por expresa voluntad casi siempre relacionada con la visita del chorro de La Meancera, o Miacera según algunos.
A la entrada del pueblo, un cartel anuncia su famoso volcán: “Lugar de interés científico”. Espoleado por el anuncio me dispongo a subir al cráter y después visitar la cascada, por lo que aparco en la plaza donde muere la carretera, cargo con el equipo de fotografía y pregunto a unos paisanos que esperan allí al panadero de Nuñomoral. Buenos días, ¿por donde se sube al volcán?. Todos se miran entre sí y finalmente uno de ellos, mirándome de arriba a abajo, me dice que no cree que yo pueda subir al volcán... Algo tocado en mi honor le pregunto el porqué y veo que todos se ponen las manos a modo de visera sobre los ojos y dirigen su mirada a un monte altísimo, boscoso y empinado que se halla a mis espaldas. Me giro y... comprendo el porqué. -
-No creo que ni usted ni yo, seamos capaces de llegar ahí arriba, me espeta. La cosa está “muu dificil” dice, -y ríe el grupo-. Cavilo que últimamente no suelo ser consciente de los años que tengo, que mi mochila y mis vaqueros ya no disimulan mis muchas primaveras, y siento entonces entonces un cierto pudor.
-Pero puede usted dar el paseo hasta la cascada, -me dice una de las mujeres con una sonrisa dulce y desdentada, como para aliviarme- es un paseo agradable por el caminito que sale al final de esa calle.
-Muchas gracias señora, les haré caso, que para eso son mayores que yo.
Cuando me giro para enfilar la calle llega la furgoneta del pan de Nuñomoral con gran estruendo de bocina. Miro atrás y observo que todos se levantan y saludan al panadero como si fuera el cura. Aquí, el pan sigue siendo el pan.
La calle que me indican es una estrecha y pronunciada cuesta abajo hasta el río Malvellido. Comienzo a caminar junto a él y al rato me encuentro un hombre de unos 70 años con una enorme carga de leña a sus espaldas.
-Muchas gracias señora, les haré caso, que para eso son mayores que yo.
Cuando me giro para enfilar la calle llega la furgoneta del pan de Nuñomoral con gran estruendo de bocina. Miro atrás y observo que todos se levantan y saludan al panadero como si fuera el cura. Aquí, el pan sigue siendo el pan.
La calle que me indican es una estrecha y pronunciada cuesta abajo hasta el río Malvellido. Comienzo a caminar junto a él y al rato me encuentro un hombre de unos 70 años con una enorme carga de leña a sus espaldas.
-¡Muy cargado vamos, buen hombre!.
El gasqueño suelta con trabajo la carga en lo alto de una carretilla y limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo, me explica que está llenando la leñera para el invierno, que aquí son “mu fríos”. En un habla cargada de “oes” cerradas en “ues” y otros hermosos giros que me evocan el castúo, me dice que el chorro está cerca y se llega en poco rato. Le cuento que, siendo joven, trasteé mucho por estas sierras, y que en una ocasión atravesamos andando por el monte desde Erías a El Gasco. El hombre queda un rato pensativo y replica:
-Si yo le contara... Mirusté, me llamu Sandaliu. Cuando me casé, aquí en El Gascu, me junté bien prontu con cincu muchachinus y quise darlos a tos carrera o una buena colocación pa que pudieran juir daquí , ¿sabusté?. He trabajao toa mi vida con un bar y un ultramarinus y los más de los días me levantaba a las tres de la mañana, cargaba la mula con más de cien kilus de cerezas y me iba andandu por esas sierras, pasaba un pueblu que se llama Vegas de Domingo Rey y llegaba al amanecer a Ciudad Rodrigu. Allí, con mi mulu vendía la carga por las callis. Al mediodia ya tenía to la carga vendía y me volvía pal pueblu al que llegaba bien entrá la nochi, oyendu el aullio de los lobus, que muchus había por estas sierras...
Impresionado, le digo:
-Cómo ha cambiado la vida, amigo mio.
Y como a Sandalio le gusta la charla, mientras yo descanso un poco apoyado en las frescas piedras de una pared de umbría, me cuenta que ya tiene colocados a sus cinco hijos, que todos son guardias civiles menos una que es pedagoga en la capital y que dos ya están casados y tiene hasta nietos. Y mientras la frescura del río Malvellido se desliza a nuestros pies, me refiere Sandalio cómo tuvo que luchar aquellos años; cuántas mulas cargadas de cerezas hubo de llevar a Ciudad Rodrigo al alba por los montes y que ya, la vida le ha dado la tranquilidad de haber cumplido.
-Cuando entró Felipe González, -dice-, pusu becas para los pobris, porque antes, ya sabe ustéd, solu estudiaban los que tenían posibles. Pero últimamente, -confiesa Sandalio algo descorazonado- las cosas van a peor y “no hay más que ladronis”.
Me viene a las mientes la falta de respeto de esos "ladronis" por la gente como Sandalio, que tan duramente han faenado en esta vida y, no sin darle la razón, le agradezco el rato de charla y me dispongo a reanudar la marcha hacia el chorro. Con Dios, me dice y baja por el río a por otro haz de leña de los que tiene apilados allá abajo, en el huerto.
El gasqueño suelta con trabajo la carga en lo alto de una carretilla y limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo, me explica que está llenando la leñera para el invierno, que aquí son “mu fríos”. En un habla cargada de “oes” cerradas en “ues” y otros hermosos giros que me evocan el castúo, me dice que el chorro está cerca y se llega en poco rato. Le cuento que, siendo joven, trasteé mucho por estas sierras, y que en una ocasión atravesamos andando por el monte desde Erías a El Gasco. El hombre queda un rato pensativo y replica:
-Si yo le contara... Mirusté, me llamu Sandaliu. Cuando me casé, aquí en El Gascu, me junté bien prontu con cincu muchachinus y quise darlos a tos carrera o una buena colocación pa que pudieran juir daquí , ¿sabusté?. He trabajao toa mi vida con un bar y un ultramarinus y los más de los días me levantaba a las tres de la mañana, cargaba la mula con más de cien kilus de cerezas y me iba andandu por esas sierras, pasaba un pueblu que se llama Vegas de Domingo Rey y llegaba al amanecer a Ciudad Rodrigu. Allí, con mi mulu vendía la carga por las callis. Al mediodia ya tenía to la carga vendía y me volvía pal pueblu al que llegaba bien entrá la nochi, oyendu el aullio de los lobus, que muchus había por estas sierras...
Impresionado, le digo:
-Cómo ha cambiado la vida, amigo mio.
Y como a Sandalio le gusta la charla, mientras yo descanso un poco apoyado en las frescas piedras de una pared de umbría, me cuenta que ya tiene colocados a sus cinco hijos, que todos son guardias civiles menos una que es pedagoga en la capital y que dos ya están casados y tiene hasta nietos. Y mientras la frescura del río Malvellido se desliza a nuestros pies, me refiere Sandalio cómo tuvo que luchar aquellos años; cuántas mulas cargadas de cerezas hubo de llevar a Ciudad Rodrigo al alba por los montes y que ya, la vida le ha dado la tranquilidad de haber cumplido.
-Cuando entró Felipe González, -dice-, pusu becas para los pobris, porque antes, ya sabe ustéd, solu estudiaban los que tenían posibles. Pero últimamente, -confiesa Sandalio algo descorazonado- las cosas van a peor y “no hay más que ladronis”.
Me viene a las mientes la falta de respeto de esos "ladronis" por la gente como Sandalio, que tan duramente han faenado en esta vida y, no sin darle la razón, le agradezco el rato de charla y me dispongo a reanudar la marcha hacia el chorro. Con Dios, me dice y baja por el río a por otro haz de leña de los que tiene apilados allá abajo, en el huerto.
El sendero que sube garganta arriba hasta la cascada es estrecho pero arreglado. Gentes van y vienen comentando. A veces hay que pararse o apartarse para dejar paso. Una vez arriba, aparece el chorro a la izquierda. Es una hermosa cola de caballo que precipita al vacío desde unos cien metros de alto, rebotando peñas abajo de la pared.
En esta época escasea el agua, pero aun así el discreto chorro es de una gran belleza. Cuando llego arriba ya es pasado el mediodía, arrecia el calor y la gente se ha ido. Me quedo un rato solo en aquella altura escuchando el diálogo del agua que se despeña. Como el chorro es alto y queda al sur, en el descansadero donde me hallo a los pies de la cascada, hay una placentera sombra. El silencio y la suave brisa invitan a quedarse y es normal que el viajero solitario se relaje y cierre los ojos para sentir. Allí no hay wifi, ni cuatrogé, ni otra cobertura, y uno se siente súbdito de la majestad de los montes. Me propongo volver tras una época de lluvias, o en la primavera, cuando haya más caudal y tomo el sendero de regreso. Mientras bajo voy recordando la historia de Sandalio y escuchando a la vez las que cuenta la brisa recorriendo la garganta que desemboca más abajo, en el rio Malvellido. Historias duras de siglos de frío y olvido.