domingo, 16 de octubre de 2016

Sandalio, el gasqueño. (viaje a El Gasco, Hurdes, España)

SANDALIO, EL GASQUEÑO.

(Historia de ficción, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia)

Viaje a El Gasco, sábado, 17 de septiembre de 2016.

La Pesga celebra hoy su concurrido mercadillo sabatino. Los bancos de la plaza que miran a los puestos, están atiborrados de hombres mayores sentados -pelo canoso y la garrota entre las manos-, sin perder ripio del acontecimiento. Más allá de La Pesga, camino de Nuñomoral y sus alquerías, se atraviesan campos de olivos, hasta llegar a Vegas de Coria. Pasado Nuñomoral, rl viajero atravesará los tranquilos lugares de Martilandrán, Fragosa y llegará al cabo a El Gasco, final del viaje y de la propia carretera.



Pocas veces un viajero llega hasta donde muere una carretera, pues parece que todas son infinitas desembocando unas en otras, pero este es un caso especial. Aquí muere esta y, más allá, solo hay montes y frondas hurdanas. Uno comprende que ha de volver forzosamente por donde vino. Y es que quien hasta aquí llega lo hace por expresa voluntad casi siempre relacionada con la visita del chorro de La Meancera, o Miacera según algunos.



A la entrada del pueblo, un cartel anuncia su famoso volcán: “Lugar de interés científico”. Espoleado por el anuncio me dispongo a subir al cráter y después visitar la cascada, por lo que aparco en la plaza donde muere la carretera, cargo con el equipo de fotografía y pregunto a unos paisanos que esperan allí al panadero de Nuñomoral. Buenos días, ¿por donde se sube al volcán?. Todos se miran entre sí y finalmente uno de ellos, mirándome de arriba a abajo, me dice que no cree que yo pueda subir al volcán... Algo tocado en mi honor le pregunto el porqué y veo que todos se ponen las manos a modo de visera sobre los ojos y dirigen su mirada a un monte altísimo, boscoso y empinado que se halla a mis espaldas. Me giro y... comprendo el porqué. -
-No creo que ni usted ni yo, seamos capaces de llegar ahí arriba, me espeta. La cosa está “muu dificil” dice, -y ríe el grupo-. Cavilo que últimamente no suelo ser consciente de los años que tengo, que mi mochila y mis vaqueros ya no disimulan mis muchas primaveras, y siento entonces entonces un cierto pudor.
-Pero puede usted dar el paseo hasta la cascada, -me dice una de las mujeres con una sonrisa dulce y desdentada, como para aliviarme- es un paseo agradable por el caminito que sale al final de esa calle.
-Muchas gracias señora, les haré caso, que para eso son mayores que yo.
Cuando me giro para enfilar la calle llega la furgoneta del pan de Nuñomoral con gran estruendo de bocina. Miro atrás y observo que todos se levantan y saludan al panadero como si fuera el cura. Aquí, el pan sigue siendo el pan.
La calle que me indican es una estrecha y pronunciada cuesta abajo hasta el río Malvellido. Comienzo a caminar junto a él y al rato me encuentro un hombre de unos 70 años con una enorme carga de leña a sus espaldas.



-¡Muy cargado vamos, buen hombre!.
El gasqueño suelta con trabajo la carga en lo alto de una carretilla y limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo, me explica que está llenando la leñera para el invierno, que aquí son “mu fríos”. En un habla cargada de “oes” cerradas en “ues” y otros hermosos giros que me evocan el castúo, me dice que el chorro está cerca y se llega en poco rato. Le cuento que, siendo joven, trasteé mucho por estas sierras, y que en una ocasión atravesamos andando por el monte desde Erías a El Gasco. El hombre queda un rato pensativo y replica: 
-Si yo le contara... Mirusté, me llamu Sandaliu. Cuando me casé, aquí en El Gascu, me junté bien prontu con cincu muchachinus y quise darlos a tos carrera o una buena colocación pa que pudieran juir daquí , ¿sabusté?. He trabajao toa mi vida con un bar y un ultramarinus y los más de los días me levantaba a las tres de la mañana, cargaba la mula con más de cien kilus de cerezas y me iba andandu por esas sierras, pasaba un pueblu que se llama Vegas de Domingo Rey y llegaba al amanecer a Ciudad Rodrigu. Allí, con mi mulu vendía la carga por las callis. Al mediodia ya tenía to la carga vendía y me volvía pal pueblu al que llegaba bien entrá la nochi, oyendu el aullio de los lobus, que muchus había por estas sierras...
Impresionado, le digo:
-Cómo ha cambiado la vida, amigo mio.
Y como a Sandalio le gusta la charla, mientras yo descanso un poco apoyado en las frescas piedras de una pared de umbría, me cuenta que ya tiene colocados a sus cinco hijos, que todos son guardias civiles menos una que es pedagoga en la capital y que dos ya están casados y tiene hasta nietos. Y mientras la frescura del río Malvellido se desliza a nuestros pies, me refiere Sandalio cómo tuvo que luchar aquellos años; cuántas mulas cargadas de cerezas hubo de llevar a Ciudad Rodrigo al alba por los montes y que ya, la vida le ha dado la tranquilidad de haber cumplido.
-Cuando entró Felipe González, -dice-, pusu becas para los pobris, porque antes, ya sabe ustéd, solu estudiaban los que tenían posibles. Pero últimamente, -confiesa Sandalio algo descorazonado- las cosas van a peor y “no hay más que ladronis”.
Me viene a las mientes la falta de respeto de esos "ladronis" por la gente como Sandalio, que tan duramente han faenado en esta vida y, no sin darle la razón, le agradezco el rato de charla y me dispongo a reanudar la marcha hacia el chorro. Con Dios, me dice y baja por el río a por otro haz de leña de los que tiene apilados allá abajo, en el huerto.



El sendero que sube garganta arriba hasta la cascada es estrecho pero arreglado. Gentes van y vienen comentando. A veces hay que pararse o apartarse para dejar paso. Una vez arriba, aparece el chorro a la izquierda. Es una hermosa cola de caballo que precipita al vacío desde unos cien metros de alto, rebotando peñas abajo de la pared. 



En esta época escasea el agua, pero aun así el discreto chorro es de una gran belleza. Cuando llego arriba ya es pasado el mediodía, arrecia el calor y la gente se ha ido. Me quedo un rato solo en aquella altura escuchando el diálogo del agua que se despeña. Como el chorro es alto y queda al sur, en el descansadero donde me hallo a los pies de la cascada, hay una placentera sombra. El silencio y la suave brisa invitan a quedarse y es normal que el viajero solitario se relaje y cierre los ojos para sentir. Allí no hay wifi, ni cuatrogé, ni otra cobertura, y uno se siente súbdito de la majestad de los montes. Me propongo volver tras una época de lluvias, o en la primavera, cuando haya más caudal y tomo el sendero de regreso. Mientras bajo voy recordando la historia de Sandalio y escuchando a la vez las que cuenta la brisa recorriendo la garganta que desemboca más abajo, en el rio Malvellido. Historias duras de siglos de frío y olvido.

lunes, 20 de abril de 2015

miércoles, 25 de febrero de 2015

Paseo desde Casas de Millán hasta el Santuario de Tebas


22 de febrero de 2015




Después de una hora y media de agradable paseo, encontramos este sencillo santuario campero escondido entre oleadas de encinares y oteros ondulados que se contonean en el horizonte hasta morir en el Tajo, cerca de Casas de Millán.


 El sendero desde el pueblo atraviesa la vía del tren, continuando a la izquierda por un carril bien asentado a través de la finca "El Encinar".




El canto lejano de grullas, una brisa suave y los pasos del caminante carril abajo, son los únicos sonidos que acompañan. El aroma de las jaras inunda el valle y las primeras flores blancas rompen con fuerza en el mar de colores de febrero.



En el paseo no nos privamos de ninguna de las delicatessen que suelen adornar la dehesa extremeña









Al final del paseo, en una pequeña elevación rodeada de cerros plagados de encinas, encontramos finalmente el santuario.



Habrá que volver, ya que el santuario estaba cerrado a cal y canto, pero aun así es un paseo que recomendamos de verdad. Son 10 kms ida y vuelta. Impresionante la dehesa de Casas de Millán.

lunes, 19 de mayo de 2014

Magacela

El mundo resulta pequeño, desde Umm Gazala

Atardecer en Magacela (Badajoz)

Puedes, una tarde cualquiera, darte un paseo hasta Magacela. Mejor a esas horas finales en que la luz amarillea, ya cercano el ocaso. Encaramada en una peña cuarcítica, una preciosa espadaña, preside la llanura.







En este pueblo, todo el mundo gusta de disfrutar de las vistas. De hecho, al llegar encontramos un gallo extasiado con la contemplación de las lejanas sierras de Azuaga. El silencio solo se quebraba por una ligera brisa de poniente y el rumor de la conversación de unos hombres mayores acomodados en un banco que daba vista a un paisaje casi infinito.




Por las callejuelas del pueblo, sus casas señoriales hablan constantemente del pasado



Tanto les gusta a los magaceleños mirar, que tienen esta salita de estar colgada sobre el vacío, con su orejero bien orientado, su mesa camilla de piedra, su silla y su perro, también aficionado a las lejanías. 



Desde lo alto del viejo castillo árabe -Umm Gazala- mientras la tarde se enrojece y el sol va cayendo, resulta una gozada imaginar la leyenda que por aquí se cuenta: 
«La princesa mora que lo habitaba había comido opíparamente, y hubo de dejar los postres ante el estruendoso aparato de guerra de los cristianos, que ya asomaban por almenas y portillos, dándose muerta a la vez que exclamaba: “Amarga cena, amarga cena para mi”. De ahí vino Malgacena y de ahí pasóse a como la conocemos»




Vale la pena la visita. Te toparás con unos paisajes y un atardecer como hace siglos que no veías. 

Claro, que lo mejor de este viaje fue la compañía. Pero esa es otra historia...

martes, 8 de abril de 2014

La reja de Emilio.

Cada día a la salida del trabajo, subo en coche por la calle de la Huerta del Conde. Suelo encontrar paseando por ella bajo el tibio sol de otoño a tío Emilio, un entrañable talavaniego centenario que aun recuerda los tiempos en que se atravesaba el Tajo en barca. Con los ojos entornados por los años, Emilio conserva el juicio, las piernas y el corazón. Algo más remolona se le hace la vista, déficit que compensa  con una memoria reservada y valiosa, agazapada como un tesoro ignorado tras la mirada de sus viejos ojos claros, expuesta irremediablemente a fundirse con él y privarnos para siempre de sus aventuras de antaño, como aquella que me contó el día que cumplió cien años: siendo él joven, hombres y caballos cruzaban el Tajo bajo la lluvia al anochecer. Regresaban de Casas de Millán y Cañaveral de vender su mercancía. Con las embestidas del río caían las bestias al agua turbulenta. Los hombres solidarios de la época se lanzaban a la corriente embravecida a su rescate. Aquel Tajo levantisco no era ni de lejos la balsa de hoy. Lo domesticaron los tiempos, inundaron la ermita de la Virgen del Río y el destino se tragó la barca y los hombres. Nada existe hoy. Queda solo el recuerdo  recluido en la memoria de Emilio.
 
Apoyado en la pared blanca e iluminada, con gesto tranquilo, dormita al sol de la tarde. Oye el ruido del coche que se acerca y se ase a la reja de la ventana. Mientras paso a su lado despacio, su mirada perdida en los años sigue de reojo la estela ruidosa del motor,  que rompe sus pensamientos. Por el espejo, compruebo que retoma el paseo despacito, apoyando a cada paso su bastón. Qué recital diario de ternura, recuerdos y experiencia es la mirada plácida y ausente de Emilio asido a la reja.

sábado, 29 de marzo de 2014

Sábado, 22 de marzo de 2014. Paseo por Ceclavín y Piedras Albas, Dehesas y pájaros.

No existen tierras extrañas...

El féretro albo de Rufo "seideos"



El día que finalmente se hundió la cúpula de la Ermita del Santo Cristo de Talaván mientras el cortejo fúnebre conducía el pequeño cadaver de Rufo "seisdeos", los ángeles malos escaparon revoloteando. Pero antes de ascender definitivamente obraron el milagro: restañaron el corazón de Rufo y este volvió a la vida ante los ojos del pueblo.  



          El pequeño féretro albo asomó trastabillando por la puerta norte de la iglesia parroquial sujetado por varios angelotes tristes, compañeros de juegos y pizarra de Rufo “seisdeos”, que lo subieron de nuevo al coche fúnebre para su último viaje. Un fino orvallo flotaba ingrávido sobre el valle que se extendía verduzco a los pies de la iglesia en aquella mañana gélida, tan del gusto de la parca cuando implacable y enjuta, suele ajustar cuentas por las aldeas.




Un fino orvallo flotaba ingrávido sobre el valle que se extendía verduzco a los pies de la iglesia en aquella mañana gélida, tan del gusto de la parca cuando implacable y enjuta, suele ajustar cuentas por las aldeas.

         

            Fueron pocos años, pero muchas risas, juegos e inocencia. Nada pudo hacer don Alfonso, su ciencia y su fonendo, ante aquel corazón pequeño que se quebró una noche fosca de llanto y amargura. Rufo “seisdeos” siempre fue un niño triste, como si arrastrase desde nacimiento su destino pesado y breve. Pero era una tristeza juguetona y risueña la suya, hasta el último segundo de su vida en que sus ojos quedaron inmóviles y muy abiertos en una mueca de incomprensión ante las cosas de este mundo raro que, definitivamente, no parecía ser el suyo. 

       

            Eulogio "el Perla" encabezaba el cortejo abrazado con reverencia al báculo de la Santa Cruz, precediendo a un sacerdote encapado y circunspecto, seguido por una muchedumbre que enfilaba en manso desorden la calleja del cementerio.


            Pasos lentos, ropa negra, oscuros paraguas bajo el cielo de plomo llovedizo envolvían los gritos de la madre -guturales, de otro mundo- en la cabecera cerca del albo féretro. Un tenue murmullo remataba el ambiente por el camino del cementerio nuevo, a la vera del Tajo.







            Encinas, olivos, praderas y lejanas casas de labranza aparecían delebles como una acuarela deslucida por doseles de agua que, como la misma muerte, flotaban sobre el campo hasta perderse en la bruma del horizonte.



Cuando, a la diestra del cortejo iba quedando silencioso el Cementerio Viejo, viniéronme los ángeles retratados en su cúpula al pensamiento. Sentí la presencia humilde de la vieja capilla semiderruida, de sus muros añosos de pizarra. Conjeturé con dolor añadido la descomposición de la cúpula interior. Imaginé las grietas abriéndose paso entre el verdín y las cuencas vanas de los ojos,  los colmillos lobunos, de los ángeles malos.




  Y justo entonces empezó todo. Tembló la tierra con estrépito como si una manada de bestias salvajes trotasen los campos. Todos vimos cómo con gran majestad se hundía para siempre la cúpula trastejada del viejo santuario, y cómo de su ruina surgía aquella inmensa columna de polvo rizado en mil cabriolas que ascendía a gran altura.



Vimos boquiabiertos el desmorone y vimos, -tienen que creerme- cómo de aquella tolvanera emergieron fugaces aletazos de seres extraños, como hechos de polvo, bigotudos unos, tocados otros, los más con ridículos sombreros borlados.




 
Todos revoloteaban regresados a la vida, ceñudos, describiendo acrobacias y molinetes sobre la muchedumbre.


  Y era sobrecogedor el bufido de sus alas batientes, poderosas, recortándose blancas sobre el cielo encapotado, a veces con vehemencia, exhibiendo sus dientes puntiagudos, bufando, aullando sobre nuestras cabezas.



Poco a poco se tranquilizaron y fueron descendiendo, posándose en el camino. Los vimos entonces de pié ante el coche fúnebre que se vio obligado a detenerse.




Todo el mundo se había quedado absorto ante la cercanía de aquellos seres inexpresivos que sobrepasaban la veintena. En medio de un sepulcral silencio, el que parecía llevar la iniciativa, abrió el portón trasero del coche y accedió al pequeño féretro albo. La llovizna calaba las almas.

Al cabo salió con el pequeño muerto en brazos. La cabecita de Rufo colgaba inerte bajo la lluvia entre los brazos del alado que permaneció majestuoso e inmóvil en medio del camino sujetando el pequeño cadáver.


Reparamos en su rostro lívido, en sus dientes como puntas que sobresalían de entre sus labios, en su mirada oscura e inerte, en su escarcela borlada de rafia. Todos vimos cómo lo abrazaba con fuerza y cómo su gesto de ser de otro mundo emanaba una rotunda humanidad.



 Los ángeles no tienen sexo, -pensé- no parecen sentir, no hablan, pero rezan. Miró al cielo desde sus ojos vacíos, sin expresión, con sus alas poderosas desplegadas, con el pequeño cadáver en sus brazos bajo la lluvia. Solo el orvallo y la nada. Al cabo, Rufo abrió los ojos y miró primero a aquel ser cetrino que lo sostenía y luego a los presentes con su habitual tristeza recobrada. El ángel lo depositó delicadamente sobre sus pies en el suelo. De inmediato, todos los ángeles al unísono, como una bandada de estorninos gigantes reemprendieron un ruidoso y caótico batir de alas mientras iban elevándose sin dejar de mirarnos con aquella ausencia absoluta de expresión.          
        
   
     
            Allí quedó el coche negro con su portón trasero abierto. Nadie se atrevió durante algún tiempo a mover un músculo en medio de la lluvia que arreciaba. Solo se escuchaba el aleteo poderoso y lejano de los ángeles malos que se perdían entre nubarrones oscuros, cada vez más y más altos. Pensé que desde arriba nos verían insignificantes. Pequeño el valle del Tajo, pequeño el pueblo, apenas una raya el camino del cementerio, como pequeñas serían las historias de cada uno, aunque sustancial la estulticia humana que de pronto se nos hizo visible en todo su esplendor.

Los ángeles desaparecieron finalmente entre nubes de plomo mientras la llovizna anegaba los campos sofocando el polverío de las ruinas de la vieja ermita, y Rufo se perdía ya corriendo con sus amigos, por la calleja del Garrón.

Esta historia, no ha ocurrido aun, pero tengo para mí que ocurrirá en breve, aunque sin Rufo “seisdedos”.

Cáceres, 28 de marzo de 2014.

José Muñoz González.