La reja de
Emilio.
Cada día a la salida del trabajo, subo en coche por la calle de la Huerta del Conde. Suelo encontrar paseando por ella bajo el tibio sol de otoño a tío Emilio, un entrañable talavaniego centenario que aun recuerda los tiempos en que se atravesaba el Tajo en barca. Con los ojos entornados por los años, Emilio conserva el juicio, las piernas y el corazón. Algo más remolona se le hace la vista, déficit que compensa con una memoria reservada y valiosa, agazapada como un tesoro ignorado tras la mirada de sus viejos ojos claros, expuesta irremediablemente a fundirse con él y privarnos para siempre de sus aventuras de antaño, como aquella que me contó el día que cumplió cien años: siendo él joven, hombres y caballos cruzaban el Tajo bajo la lluvia al anochecer. Regresaban de Casas de Millán y Cañaveral de vender su mercancía. Con las embestidas del río caían las bestias al agua turbulenta. Los hombres solidarios de la época se lanzaban a la corriente embravecida a su rescate. Aquel Tajo levantisco no era ni de lejos la balsa de hoy. Lo domesticaron los tiempos, inundaron la ermita de la Virgen del Río y el destino se tragó la barca y los hombres. Nada existe hoy. Queda solo el recuerdo recluido en la memoria de Emilio.
Cada día a la salida del trabajo, subo en coche por la calle de la Huerta del Conde. Suelo encontrar paseando por ella bajo el tibio sol de otoño a tío Emilio, un entrañable talavaniego centenario que aun recuerda los tiempos en que se atravesaba el Tajo en barca. Con los ojos entornados por los años, Emilio conserva el juicio, las piernas y el corazón. Algo más remolona se le hace la vista, déficit que compensa con una memoria reservada y valiosa, agazapada como un tesoro ignorado tras la mirada de sus viejos ojos claros, expuesta irremediablemente a fundirse con él y privarnos para siempre de sus aventuras de antaño, como aquella que me contó el día que cumplió cien años: siendo él joven, hombres y caballos cruzaban el Tajo bajo la lluvia al anochecer. Regresaban de Casas de Millán y Cañaveral de vender su mercancía. Con las embestidas del río caían las bestias al agua turbulenta. Los hombres solidarios de la época se lanzaban a la corriente embravecida a su rescate. Aquel Tajo levantisco no era ni de lejos la balsa de hoy. Lo domesticaron los tiempos, inundaron la ermita de la Virgen del Río y el destino se tragó la barca y los hombres. Nada existe hoy. Queda solo el recuerdo recluido en la memoria de Emilio.
Apoyado en la pared blanca e
iluminada, con gesto tranquilo, dormita al sol de la tarde. Oye el ruido del
coche que se acerca y se ase a la reja de la ventana. Mientras paso a su lado
despacio, su mirada perdida en los años sigue de reojo la estela ruidosa del
motor, que rompe sus pensamientos. Por
el espejo, compruebo que retoma el paseo despacito, apoyando a cada paso su
bastón. Qué recital diario de ternura,
recuerdos y experiencia es la mirada plácida y ausente de Emilio asido a la
reja.
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