lunes, 19 de mayo de 2014

Magacela

El mundo resulta pequeño, desde Umm Gazala

Atardecer en Magacela (Badajoz)

Puedes, una tarde cualquiera, darte un paseo hasta Magacela. Mejor a esas horas finales en que la luz amarillea, ya cercano el ocaso. Encaramada en una peña cuarcítica, una preciosa espadaña, preside la llanura.







En este pueblo, todo el mundo gusta de disfrutar de las vistas. De hecho, al llegar encontramos un gallo extasiado con la contemplación de las lejanas sierras de Azuaga. El silencio solo se quebraba por una ligera brisa de poniente y el rumor de la conversación de unos hombres mayores acomodados en un banco que daba vista a un paisaje casi infinito.




Por las callejuelas del pueblo, sus casas señoriales hablan constantemente del pasado



Tanto les gusta a los magaceleños mirar, que tienen esta salita de estar colgada sobre el vacío, con su orejero bien orientado, su mesa camilla de piedra, su silla y su perro, también aficionado a las lejanías. 



Desde lo alto del viejo castillo árabe -Umm Gazala- mientras la tarde se enrojece y el sol va cayendo, resulta una gozada imaginar la leyenda que por aquí se cuenta: 
«La princesa mora que lo habitaba había comido opíparamente, y hubo de dejar los postres ante el estruendoso aparato de guerra de los cristianos, que ya asomaban por almenas y portillos, dándose muerta a la vez que exclamaba: “Amarga cena, amarga cena para mi”. De ahí vino Malgacena y de ahí pasóse a como la conocemos»




Vale la pena la visita. Te toparás con unos paisajes y un atardecer como hace siglos que no veías. 

Claro, que lo mejor de este viaje fue la compañía. Pero esa es otra historia...

martes, 8 de abril de 2014

La reja de Emilio.

Cada día a la salida del trabajo, subo en coche por la calle de la Huerta del Conde. Suelo encontrar paseando por ella bajo el tibio sol de otoño a tío Emilio, un entrañable talavaniego centenario que aun recuerda los tiempos en que se atravesaba el Tajo en barca. Con los ojos entornados por los años, Emilio conserva el juicio, las piernas y el corazón. Algo más remolona se le hace la vista, déficit que compensa  con una memoria reservada y valiosa, agazapada como un tesoro ignorado tras la mirada de sus viejos ojos claros, expuesta irremediablemente a fundirse con él y privarnos para siempre de sus aventuras de antaño, como aquella que me contó el día que cumplió cien años: siendo él joven, hombres y caballos cruzaban el Tajo bajo la lluvia al anochecer. Regresaban de Casas de Millán y Cañaveral de vender su mercancía. Con las embestidas del río caían las bestias al agua turbulenta. Los hombres solidarios de la época se lanzaban a la corriente embravecida a su rescate. Aquel Tajo levantisco no era ni de lejos la balsa de hoy. Lo domesticaron los tiempos, inundaron la ermita de la Virgen del Río y el destino se tragó la barca y los hombres. Nada existe hoy. Queda solo el recuerdo  recluido en la memoria de Emilio.
 
Apoyado en la pared blanca e iluminada, con gesto tranquilo, dormita al sol de la tarde. Oye el ruido del coche que se acerca y se ase a la reja de la ventana. Mientras paso a su lado despacio, su mirada perdida en los años sigue de reojo la estela ruidosa del motor,  que rompe sus pensamientos. Por el espejo, compruebo que retoma el paseo despacito, apoyando a cada paso su bastón. Qué recital diario de ternura, recuerdos y experiencia es la mirada plácida y ausente de Emilio asido a la reja.

sábado, 29 de marzo de 2014

Sábado, 22 de marzo de 2014. Paseo por Ceclavín y Piedras Albas, Dehesas y pájaros.

No existen tierras extrañas...

El féretro albo de Rufo "seideos"



El día que finalmente se hundió la cúpula de la Ermita del Santo Cristo de Talaván mientras el cortejo fúnebre conducía el pequeño cadaver de Rufo "seisdeos", los ángeles malos escaparon revoloteando. Pero antes de ascender definitivamente obraron el milagro: restañaron el corazón de Rufo y este volvió a la vida ante los ojos del pueblo.  



          El pequeño féretro albo asomó trastabillando por la puerta norte de la iglesia parroquial sujetado por varios angelotes tristes, compañeros de juegos y pizarra de Rufo “seisdeos”, que lo subieron de nuevo al coche fúnebre para su último viaje. Un fino orvallo flotaba ingrávido sobre el valle que se extendía verduzco a los pies de la iglesia en aquella mañana gélida, tan del gusto de la parca cuando implacable y enjuta, suele ajustar cuentas por las aldeas.




Un fino orvallo flotaba ingrávido sobre el valle que se extendía verduzco a los pies de la iglesia en aquella mañana gélida, tan del gusto de la parca cuando implacable y enjuta, suele ajustar cuentas por las aldeas.

         

            Fueron pocos años, pero muchas risas, juegos e inocencia. Nada pudo hacer don Alfonso, su ciencia y su fonendo, ante aquel corazón pequeño que se quebró una noche fosca de llanto y amargura. Rufo “seisdeos” siempre fue un niño triste, como si arrastrase desde nacimiento su destino pesado y breve. Pero era una tristeza juguetona y risueña la suya, hasta el último segundo de su vida en que sus ojos quedaron inmóviles y muy abiertos en una mueca de incomprensión ante las cosas de este mundo raro que, definitivamente, no parecía ser el suyo. 

       

            Eulogio "el Perla" encabezaba el cortejo abrazado con reverencia al báculo de la Santa Cruz, precediendo a un sacerdote encapado y circunspecto, seguido por una muchedumbre que enfilaba en manso desorden la calleja del cementerio.


            Pasos lentos, ropa negra, oscuros paraguas bajo el cielo de plomo llovedizo envolvían los gritos de la madre -guturales, de otro mundo- en la cabecera cerca del albo féretro. Un tenue murmullo remataba el ambiente por el camino del cementerio nuevo, a la vera del Tajo.







            Encinas, olivos, praderas y lejanas casas de labranza aparecían delebles como una acuarela deslucida por doseles de agua que, como la misma muerte, flotaban sobre el campo hasta perderse en la bruma del horizonte.



Cuando, a la diestra del cortejo iba quedando silencioso el Cementerio Viejo, viniéronme los ángeles retratados en su cúpula al pensamiento. Sentí la presencia humilde de la vieja capilla semiderruida, de sus muros añosos de pizarra. Conjeturé con dolor añadido la descomposición de la cúpula interior. Imaginé las grietas abriéndose paso entre el verdín y las cuencas vanas de los ojos,  los colmillos lobunos, de los ángeles malos.




  Y justo entonces empezó todo. Tembló la tierra con estrépito como si una manada de bestias salvajes trotasen los campos. Todos vimos cómo con gran majestad se hundía para siempre la cúpula trastejada del viejo santuario, y cómo de su ruina surgía aquella inmensa columna de polvo rizado en mil cabriolas que ascendía a gran altura.



Vimos boquiabiertos el desmorone y vimos, -tienen que creerme- cómo de aquella tolvanera emergieron fugaces aletazos de seres extraños, como hechos de polvo, bigotudos unos, tocados otros, los más con ridículos sombreros borlados.




 
Todos revoloteaban regresados a la vida, ceñudos, describiendo acrobacias y molinetes sobre la muchedumbre.


  Y era sobrecogedor el bufido de sus alas batientes, poderosas, recortándose blancas sobre el cielo encapotado, a veces con vehemencia, exhibiendo sus dientes puntiagudos, bufando, aullando sobre nuestras cabezas.



Poco a poco se tranquilizaron y fueron descendiendo, posándose en el camino. Los vimos entonces de pié ante el coche fúnebre que se vio obligado a detenerse.




Todo el mundo se había quedado absorto ante la cercanía de aquellos seres inexpresivos que sobrepasaban la veintena. En medio de un sepulcral silencio, el que parecía llevar la iniciativa, abrió el portón trasero del coche y accedió al pequeño féretro albo. La llovizna calaba las almas.

Al cabo salió con el pequeño muerto en brazos. La cabecita de Rufo colgaba inerte bajo la lluvia entre los brazos del alado que permaneció majestuoso e inmóvil en medio del camino sujetando el pequeño cadáver.


Reparamos en su rostro lívido, en sus dientes como puntas que sobresalían de entre sus labios, en su mirada oscura e inerte, en su escarcela borlada de rafia. Todos vimos cómo lo abrazaba con fuerza y cómo su gesto de ser de otro mundo emanaba una rotunda humanidad.



 Los ángeles no tienen sexo, -pensé- no parecen sentir, no hablan, pero rezan. Miró al cielo desde sus ojos vacíos, sin expresión, con sus alas poderosas desplegadas, con el pequeño cadáver en sus brazos bajo la lluvia. Solo el orvallo y la nada. Al cabo, Rufo abrió los ojos y miró primero a aquel ser cetrino que lo sostenía y luego a los presentes con su habitual tristeza recobrada. El ángel lo depositó delicadamente sobre sus pies en el suelo. De inmediato, todos los ángeles al unísono, como una bandada de estorninos gigantes reemprendieron un ruidoso y caótico batir de alas mientras iban elevándose sin dejar de mirarnos con aquella ausencia absoluta de expresión.          
        
   
     
            Allí quedó el coche negro con su portón trasero abierto. Nadie se atrevió durante algún tiempo a mover un músculo en medio de la lluvia que arreciaba. Solo se escuchaba el aleteo poderoso y lejano de los ángeles malos que se perdían entre nubarrones oscuros, cada vez más y más altos. Pensé que desde arriba nos verían insignificantes. Pequeño el valle del Tajo, pequeño el pueblo, apenas una raya el camino del cementerio, como pequeñas serían las historias de cada uno, aunque sustancial la estulticia humana que de pronto se nos hizo visible en todo su esplendor.

Los ángeles desaparecieron finalmente entre nubes de plomo mientras la llovizna anegaba los campos sofocando el polverío de las ruinas de la vieja ermita, y Rufo se perdía ya corriendo con sus amigos, por la calleja del Garrón.

Esta historia, no ha ocurrido aun, pero tengo para mí que ocurrirá en breve, aunque sin Rufo “seisdedos”.

Cáceres, 28 de marzo de 2014.

José Muñoz González.